El perro sarnoso

Recuerdo que una de las imágenes más impactantes del primero de mis múltiples viajes a Venezuela -es el caribeño un país al que estimo profundamente- fue la de un chucho (cacri) que deambulaba, ocupado en la cacería de un mendrugo de pan o de cualquier otro despojo, por la estación de autobuses de la ciudad de Maracay. Fue la primera ocasión en la que veía un can paciente de sarna. El animal carecía de pelo que cubriera su piel sangrante por la acción agresiva de sus patas combatiendo el prurito. Por supuesto, era mal recibido por la gente a la que se aproximaba, e incluso, se esforzaba por esquivar las patadas lanzadas por algún transeúnte. Huelga decir que aquella fue una visión desagradable y violenta. Esta instantánea en mi memoria pasó a engrosar el amplio catálogo de imágenes negativas sobre Venezuela que, por desgracia, dibujan en mi mente un escenario de subdesarrollo: carreteras mortales de puentes caídos y socavones (huecos) de profundidad abismal; tropas regulares del ejército expeditos en funciones de policía civil; niveles de delincuencia cuyas mortales consecuencias alcanzan cotas de conflicto bélico; enormes bolsas de marginalidad urbana; corrupción estructural; inflación galopante y control de cambio de divisas; inseguridad jurídica para las inversiones extranjeras; confiscaciones masivas y arbitrarias de bienes privados; cubanización de la sanidad e instituciones militares; limitación a la libertad de expresión; etc. Es paradigma de país iberoamericano de riqueza inmensa y gestión pésima, sin que, a éste, le quede recurrir a la excusa victimista propia de naciones económicamente sometidas al "Imperio Yanqui", dado que los recursos naturales tales como los hidrocarburos y su explotación son de titularidad nacional desde que el gocho Carlos Andrés Pérez, ya fallecido, así lo decretara siendo presidente allá por los años setenta del siglo XX. A pesar de este panorama decepcionante siempre he percibido una firme voluntad del venezolano medio por voltear la situación, tomar el timón y virar el rumbo hacia aguas prósperas aprovechando corrientes de desarrollo. Sin embargo, aquél tropieza una y otra vez con algún elemento que se erige en muralla infranqueable, elemento casi siempre antropomorfo y de rol político. El denodado y reiterado esfuerzo se convierte, pues, en inane. 
El pasado 7 de octubre Venezuela ha vuelto a toparse de bruces con el atávico, nefasto y grueso muro de sólidos cimientos que obstaculiza su avance, pues el sabaneteño Hugo Chávez ha repetido victoria en las elecciones presidenciales, dando así continuación al período ominoso de esa V República de la que el Jerjes barinés es padre y cuyo siniestro rostro he esbozado. La esperanza personificada en el caraqueño Henrique Capriles se ha esfumado, escapando por debajo del portón metálico que cierra celosamente la empalizada y que mantiene rehenes a los aristócratas (en el sentido platónico). La responsabilidad del propio pueblo en este dislate será juzgada por la historia y castigada severamente, si así procediere, por los hechos futuros. 
Los buenos recuerdos y sensaciones siempre vencerán en el concurso de mi memoria: los sabores, olores y colores; la inmensidad del Lago de Maracaibo; los atardeceres del Sur del Lago sobre su apabullante naturaleza; el calor sofocante en una finca de ganado; el sonido evocador de la música de Simón Díaz en mis viajes por el Llano; la espontaneidad y encantadora improvisación de sus gentes; el desmesurado optimismo de su pueblo y su tenaz capacidad de sobrevivir a la adversidad; mi admirado "petejota" Neuro Nava (q.e.p.d); las atenciones y el cariño de mi familia política; el amor de mi mujer; los hermosos rizos de mi hija... Sin embargo, no podré evitar que la patética imagen del cánido sarnoso de mirada profunda y lastimosa como suplicando una muerte digna se pasee fantasmagórico por mi mente para recordarme, triste, la realidad de Venezuela. Y aunque aquella bendita tierra es ya un poco mía, son los hijos de Venezuela los llamados al sacrificio bondadoso de ese espectro que atormenta mi memoria y su propia existencia.

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