El jardín de los narcisos




Toda nación que se precie posee su héroe nacional: figura histórica, casi siempre sobredimensionada, que acumula en sí todo un catálogo del virtudes y características étnicas que terminan por ensalzar el sentimiento de pertenencia. Asó, por ejemplo, tenemos a Juana de Arco, orgullo nacional francés y paladina de la fe católica, o a Simón Bolívar, Libertador de la Gran Colombia y notable criollo que desafiara, para acabar derrotando, al poder imperial de una España rehén del poder napoleónico. Es indudable la naturaleza extraordinaria de personajes históricos como éstos, o su influencia más o menos directa en el devenir de sus respectivos países -no desdeñemos la valentía demostrada en el campo de batalla y el martirio sufrido por la Doncella de Orléans o el indubitado carisma o resistencia (ver Campaña Admirable) propios del caraqueño-. No lo es menos la manipulación -legítima a tenor de su funcionalidad- que sufren sus biografías, a consecuencia de la cual, pueden ser añadidos rasgos sobrenaturales en el caso de la gala, o incluso raciales en el caso del caribeño. También, y por acción de esa manipulación, pueden resultar escatimados otros por menos atractivos o políticamente inconvenientes, como la personalidad esquizoide de la francesa o la pertenencia a la oligarquía terrateniente del líder sudamericano. Se configuran pues como verdaderos glosarios del sentimiento patrio. Su alabanza y devota defensa son deber del buen patriota.
Por otro lado, constato la existencia de otras figuras de rango menor, que no poseyendo las características de los héroes nacionales ni su relevancia histórica, sí que ocupan lugar análogo en el sentimiento de colectivos más reducidos, cumpliendo así una función similar. Es éste el caso del fallecido escritor valenciano Joan Fuster i Ortells, figura referente del fenómeno -acaso posmoderno- del catalanismo sucursalista establecido en la Comunidad Valenciana. Elevado a los altares de la intelectualidad izquierdista, cualquier crítica dirigida contra su figura es inmediatamente respondida por la militancia catalanista con vehemencia, dogmatismo y el lanzamiento de una batería de clichés -tan del gusto de la izquierda española- hacia el disidente: españolista, fascista, franquista, etc. Estas diatribas buscan accionar los mecanismos que activan esos complejos psicológicos tan interiorizados por la sociedad española y valenciana, por mor de los cuales el individuo huye irreflexivamente de posiciones ideológicas contrarias a la doctrina. Curiosamente, este advenedizo pseudonacionalismo valenciano, en los estertores del anterior régimen y por mandato del verdadero nacionalismo del que es subsidiario, hizo suyo el uso y abuso de aquel complejo, otrora instrumentalizado por el franquismo, por el que el valenciano se avergüenza de la fonética y modismos presuntamente poco refinados, propios de su lengua vernácula, así como de sus costumbres y folclore, con el único objetivo de superponer una lengua distinta a la propia y crear el tan anhelado àmbit ligüístic. El natural transcurrir del tiempo y una mejor formación cultural del ciudadano que refuerce la personalidad colectiva, son antídoto ideal para esta psicopatía impuesta. Mientras la sanación definitiva llega, aquellos intelectuales, narcisos de un jardín imaginado, defensores de la fe fusteriana, seguirán en sus templos cuales sacerdotes egipcios, hieráticos, depositarios de la verdad y guardianes celosos de la cultura valenciana, alejados de un pueblo al que pretenden someter, imaginándose participar en una de aquellas tertulias celebradas en el simposio de la casa de Pericles, sentados a un lado de la hetaira Aspasia o del mismísimo Aristóteles, o departiendo, quizá, en un burdel parisino, envueltos de una nube de humo, con Toulouse-Lautrec, que, realizando algún bosquejo, ríe divertido las gracias y vulgaridades de las prostitutas que lo rodean, gustándose a sí mismos, concediéndose la razón autocomplacientes y permaneciendo enrocados en su jacobinismo -como particular versión republicana del despotismo ilustrado-. Pero, muy a su pesar, deambularán perdidos, huérfanos de la contundencia histórica de la Atenas clásica o de la deliciosa estética del París de finales del XIX, buscando un espacio -tal vez la modernista, industrial, burguesa y falsamente cosmopolita Barcelona-, que se ajuste a su transcendencia intelectual, ya que, en algún momento, despreciaron el suyo natural, la tierra valenciana, escenario de tanta contundencia histórica o delicia estética como sus hijos ansíen. Como costaleros, los émulos del vanidoso personaje mitológico, sostendrán en procesión a su santo -héroe nacional de la impostura y esteta de la rendición y el bondage cultural- idolatrándolo cual hermosa flor de verde tallo y pétalos de colores brillantes. Con tal de insuflarle vida, su devotos inyectarán al despojo vegetal, a modo de savia, el líquido viscoso y gris de la mediocridad subvencionada, para así mantener el artificial esplendor de su obra. 
Sin embargo, a ojos del valenciano leal y orgulloso, aquel jardín exaltado por el poeta valenciano Al-Russafi, aquél donde moran los legítimos héroes de la Patria, seguirá, para decepción de los devotos de Fuster, mostrando la rotunda belleza de sus insignes flores: Francesc de Vinatea, defensor de los fueros y Reino frente a Alfonso IV de Aragón; Joanot Martorell, autor del "Tirant lo Blanch", novela caballeresca referente del mismísimo Miguel de Cervantes; los papas Calixto III (Alfonso de Borja) o Alejandro VI (Rodrigo de Borja), dominadores de la Italia de transición a la Edad Moderna; San Vicente Ferrer, dominico milagrero, miembro y vocero del consejo que resolviera la cuestión sucesoria, fallecido sin descendencia el rey aragonés Martín I el Humano, con la redacción del Compromiso de Caspe; Luis de Santángel, judío converso, que siendo funcionario de Fernando el Católico procurara financiación para la audaz empresa del genovés Cristóbal Colón; Juan Luis Vives, figura cumbre del humanismo y la pedagogía europeos, perseguido y exiliado por su origen judío; Joaquín Sorolla, el pintor que representara magistralmente y como nadie la luz mediterránea; Vicente Blasco Ibáñez, periodista, escritor, político y utopista, cuyo cadáver repatriado fuera recibido en loor de multitudes, cubierto su féretro con la Reial Senyera y sepultado en la capital valenciana, para convertirse, años más tarde, en inspiración del guión del largometraje norteamericano "Los cuatro Jinetes del Apocalipsis"; Manuel Ferri Llopis, más conocido como Nino Bravo, el más relevante e influyente trovador que ha dado la tierra valenciana, admirado hasta la idolatría en Iberoamérica; etc. 
Sus actos, producto de la preclaridad de sus mentes o de la natural virtud, han tenido repercusión en la historia, en las artes o en la política universales. La suma de todas aquellas glorias, de sus hechos, configuran y modelan la identidad de un pueblo y una tierra que merecen, sin dudarlo, la prevalencia, nunca el sometimiento y disolución en un proyecto político-cultural delirante de nulo rigor histórico y científico que el suecano Joan Fuster ayudó a impulsar con su ruborizante colaboracionismo.

No hay comentarios: