México, policía federal

Tresmiedos era un hombre de estatura media, rechoncho por los excesos alimenticios, con un negro mostacho bajo una nariz ancha, tez morena y aspecto mestizo. Era fumador, bebedor empedernido y malcarado, de ésos que escupen después de bajar la ventanilla del automóvil y se enjugan el exceso de saliva con un fuerte restregón del dorso de la mano izquierda sobre la cara en la que dibujan una sonrisa burlona. Después de varios años patrullando las calles del Distrito Federal, durante los cuales construyó su leyenda brutal y se ganó el sobrenombre de Tresmiedos, más por chusquero y trilero que por aplicado en el estudio, pudo promocionar a la categoría de inspector. Recorrió varias unidades de lucha contra el narcotráfico y acabó dirigiendo una de homicidios y secuestros después de haber sido investigado por abusos, torturas y colaboración con grupos delincuenciales. Sus compañeros le llamaban Tresmiedos porque éste se jactaba de producir en sus víctimas los más profundos temores: miedo al dolor, miedo a la muerte y miedo al olvido.

-¡Pronto te reunirás con los tuyos!- le advirtió una mujer enjuta de cabellos grises recogidos fuertemente en una coleta corta, abuela de uno de los secuestrados y asesinados que él había procurado quedaran olvidados en los cajones metálicos y grises de un lóbrego archivo; siempre previo pago. Era un hombre maldito, pero no parecía importarle.

Una mañana, después de una mala noche producto de un dolor punzante en el pecho que no le había dejado dormir, se dirigió con su patrulla camuflada a la delegación de Coyoacán, lugar desde donde habían reportado un homicidio. Al llegar, el escenario ya había sido oportunamente acotado por unos agentes uniformados a los que, extrañamente, no conocía. Cuando subió al segundo piso de la casa encontró en el interior de un despacho a un hombre de unos sesenta años de nombre León, éste yacía sobre un charco de sangre coagulada, restos de masa encefálica y varias hojas de papel manuscritas en ruso o ucraniano; a su lado un piolet con mango de madera, algo antiguo. En el piso de abajo permanecía de pie un hombre joven con la cabeza apoyada en la pared y las manos engrilletadas; respondía al nombre de Ramón. Tresmiedos dedujo por su acento que era español. Un escalofrío recorrió su espalda; algo no iba bien. ¡Había estudiado aquel crimen como alumno de la Academia de Inspectores! Su cabeza giraba en torno sin parar. Ahora lo entendía, no había superado el fallo cardiaco de la noche anterior. De repente, una mano apretó su hombro izquierdo inquiriéndole. Al girar, observó horrorizado el rostro huesudo y macilento del nieto de aquella vieja vociferante.

-Tresmiedos, ahora sabes lo que es sentir el terror del recién muerto. Te queda el peor por padecer: el del olvido. Estoy aquí para asegurarme de que lo sufras por toda la eternidad, ¡cabrón!- le espetó el desdichado muchacho mientras se abalanzaba sobre él y hundía fuertemente su mano derecha en la boca del agente corrupto.

El policía había muerto entre esputos sanguinolentos y unos terribles espasmos que le habían quebrado el espinazo, medio desnudo, en una posición ridícula; completamente solo y olvidado.